Y después de la Muerte, ¿qué?
Una vida después de la muerte...
¿Cree usted, me preguntaron, en una vida después de la muerte? Y yo contesté: sí. Pero entonces ya no supe decir nada más, de cómo sería aquello, de cuál sería mi propio aspecto allí. Sólo sabía una cosa, nada de jerarquías entre las personas, nada de santos sentados en sillas de oro, nada de contemplar almas condenadas cayendo… Entonces? Sólo el Amor, sólo un amor que se ha liberado, que jamás se consumirá, inundándome.
Nada de rígidos mantos de oro cargados de piedras preciosas, sino un vestido ligero como una tela de araña, Un Suspiro que me recuerda mi infancia, una mirada que cubre mis hombros, una caricia Paternal, un bello movimiento a mi alrededor. Palabras que dicen mucho y que van dirigidas a mi desde una voz muy familiar, palabras distantes y cercanas que dicen, Ven, oh, Ven.
Sí, también una tela de dolor cuajada de lágrimas, pero que no señala. Una excursión por la montaña y el valle, una flor que nace para ser ofrenda, un rio que ora. Y Tu Mano otra vez en la mía, digo otra vez porque esta mano no me es ajena.
Así caminamos, Tú me hablas de las escrituras, yo cierro los ojos y camino con una seguridad que no acierto a explicar, abro los ojos y camino, cierro los ojos y camino. Tu voz me acompaña y me recibe, me deja ir y me sale al encuentro.
¿Nada más, pues, preguntan los que preguntan, espera usted tras la muerte? Y yo respondo, nada menos.
Hermanos en Cristo, la actual situación social que estamos viviendo, nos desafía muy especialmente a “dar razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3,15) en términos dignos de crédito. El gran pecado de nuestra sociedad aún de los creyentes es su miedo a creer, su miedo a esperar, su miedo a amar, nos envolvemos con el manto del consumismo porque no soportamos ver nuestras propias oscuridades, sólo la fe nos puede sanar. Nunca seremos lo que no hagamos, ninguna verdad (p.e. la Resurrección de Jesús) por sublime y de origen divino que sea, llegará a ser nunca nuestra si no la ponemos en práctica.
Ante todo nos declaramos personas de fe, es decir, confiamos, nos encomendamos por entero a un poder que ama. Nada más.
La fe religiosa se expresa diciendo:
Por lo que de Ti conozco, confió en Ti para lo que todavía no conozco. Por lo que de Ti comprendo, confió en Ti para lo que todavía no comprendo. Confió en Ti más allá de lo que de Ti conozco y más allá de lo que de mí conozco.
La fe no es un capital que recibimos en el bautismo y que nos dura toda la vida, la fe es un acto de confianza en Dios, la fe la alimentamos cada día en cada pensamiento, en cada sentimiento, en cada oración que brota de nuestro corazón.
Como creyentes no somos futurólogos no hacemos pronósticos, no creemos en disparates y no caemos en discusiones por meras especulaciones, (tristemente los medios de comunicación principalmente la televisión está llena de charlatanes que lucran con la fe y el dolor de la gente, esos que leen cartas, que nos “dicen” el futuro, los que nos contactan con fantasmas, los que tienen “oraciones” mágicas para entrar en contacto con los muertos, estos vividores siempre han existido, lo que llama la atención es el tremendo impacto que tienen entre la gente) tampoco creemos en augurios (buenos o malos) como esos seres que se autonombran “videntes”. El futuro que promete la fe cristiana a los que mueren es una absoluta sorpresa, lo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó: lo que Dios preparó para los que lo aman” (1 Cor 2,9). En otras palabras, nosotros ni sabemos, ni adivinamos, ni pronosticamos, ni auguramos, nosotros esperamos la consumación de un amor que ahora anunciamos y anhelamos “Padre venga a nosotros tu reino”. Toda vida será breve para el que no ama de ahí nace la angustia que le acompaña, todo tiempo será suficiente para el que tiene su esperanza en Dios.
Para poder experimentar la confirmación de nuestra esperanza, tenemos que pagar el precio de la confianza, y constatar que en nosotros circula la vida que Dios nos dio. Hoy, la tarea de los cristianos no consiste en repetir Cristo ha resucitado, sino en decir y mostrar dónde vive, dónde habla y dónde actúa Él hoy, si hermanos, la tarea consiste en mostrar su resurrección y nuestro gozo a través de una vida santa, digna de ser llamada vida de Cristo, nuestra vida misma. Sabemos que la muerte siempre será una profunda amargura, por lo mucho que se dejó de vivir, sin embargo hay una vida plena a pesar de muchos deseos incumplidos, creemos en un cielo, en el sentido bíblico-cristiano, o sea la meta de la historia individual y universal que Dios nos ha prometido, la vida plena, la felicidad con ella vinculada, la reconciliación y el encuentro con las personas amadas.
Este amor nos libera, permitiéndonos dar finalmente por bueno todo lo que nos ha pasado, es la reconciliación con nuestra propia vida, es la paz que sólo viene de lo alto, es la elevación de nuestro cuerpo a la gloria de Dios, no hay queja, no hay lamento, no hay días o tareas inconclusas, todo habrá sido felizmente consumado, penas y tribulaciones terrenas tocarán allí a su fin, permitiéndonos así descansar de ellas. El cadáver que descansa en la tumba, con todas las huellas de la vida y de la enfermedad, no es idéntico al hombre que descansa conservado y elevado delante de Dios, recuerden, seremos siempre, hijos muy amados. El cielo tampoco es la explosión de nuestros placeres, desde los estéticos hasta los sexuales, el cielo es un paraíso donde se convive en comunión con los santos, no es una realidad fosilizada, detenida de una vez para siempre, al contrario es una Vida en extremo dinámica e inagotable, siempre nueva y llena de felices sorpresas, maduraremos progresivamente a la vida divina a la que no es posible ponerle fin, porque estamos por encima de toda medición de tiempo. No veremos consumido todo lo que nos ha hecho felices aquí en la tierra, al contrario: todas las alegrías del hombre en este mundo, en la buena Creación de Dios, tendrán sitio en el cielo, si realmente encajan en la fiesta de la Creación reconciliada, si realmente tienen un sitio en el santo “juego” de la simpatía mutua entre el Creador y sus hijos.
Hermanos en este tiempo de Pascua permitamos que la figura de Cristo resucitado llene toda nuestra vida y opere nuestra conversión. Cristo “el Primogénito de entre los muertos” (Col 1,15; 1,18) es nuestro nuevo cielo y nuestra nueva tierra, así de que este presente es el momento ideal para enamorarnos de las cosas que Dios ama, si no amamos nuestra santidad, ¿cómo pretendemos participar de la comunión de los santos? , si no somos personas de oración, ¿cómo pretendemos formar parte del coro de los ángeles? Hay en nuestra vida personal y comunitaria muchos espacios vacios que sólo pueden ser llenados con la oración y con la santidad, de lo contrario seguiremos conviviendo con esa sensación de que “algo” nos falta para ser felices.
La Pascua de Jesús es para nosotros un regalo en la medida es que es una invitación a participar de su Consumación, de su Triunfo, de su Gloria, pero primero tenemos que ponernos con humildad por encima de nuestros pecados y encontrarlo, escucharlo y verle en la eucaristía, aquí en la gran fiesta de acción de gracias de la Iglesia, tiene lugar, desde ahora, la incorporación de nuestra vida, a la eternidad de Dios, por eso desde que nosotros participamos en la eucaristía somos ante todo, ofrenda, y ofrenda agradable a Dios, en el altar sucede un cambio en el pan y el vino, pero en los corazones de los hombres de fe sucede también un cambio no menos admirable y milagroso: su conversión, vayamos a la Eucaristía fuente y origen de nuestra vida y esperanza Cristiana.
El mundo entero, Jesucristo, Señor nuestro,
Se alegra en tu resurrección.
Los ejércitos celestiales cantan en el cielo,
La cristiandad trova en la tierra.
Ahora reverdece todo lo que puede reverdecer, el árbol empieza a florecer.
Cantan ahora los pájaros todos,
Ahora canta y trova el ruiseñor.
Ahora entra la luz del sol, y confiere al mundo un nuevo resplandor.
El mundo entero Jesucristo, Señor nuestro, se alegra en tu resurrección. Amén.
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